La demencia es un problema de salud pública creciente, con una prevalencia estimada de 57 millones de adultos en todo el mundo. La enfermedad de Alzheimer (EA) representa entre el 60 % y el 80 % de los casos.
Los ensayos clínicos que prueban posibles fármacos y agentes neuroprotectores han resultado ineficaces y los fármacos aprobados actualmente solo ofrecen beneficios sintomáticos.
Estudios epidemiológicos y clínicos emergentes sugieren que los cambios en el estilo de vida, incluyendo la dieta y la actividad física, ofrecen una vía terapéutica alternativa para frenar y prevenir el deterioro cognitivo y la demencia.
Fisiopatología de la Enfermedad de Alzheimer
La Enfermedad de Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa progresiva caracterizada por:
-Acumulación extracelular de placas de β-amiloide (Aβ).
-Formación intracelular de ovillos neurofibrilares de proteína tau hiperfosforilada.
-Neuroinflamación crónica, estrés oxidativo y disfunción mitocondrial.
-Pérdida sináptica y neuronal, especialmente en hipocampo y corteza asociativa.
-Alteraciones del metabolismo cerebral: resistencia a insulina, hipometabolismo de glucosa.
Impacto del genoma y del ambioma
La intervención no farmacológica apunta a modificar el “ambioma”: conjunto de factores ambientales y del estilo de vida que interactúan con la genética para modular el riesgo y progresión de la Enfermedad de Alzheimer. Estos incluyen:
-Dieta
-Ejercicio físico
-Sueño
-Gestión del estrés
-Relaciones sociales
-Microbioma intestinal
-Exposición a contaminantes
Factores de riesgo
La edad es el factor de riesgo más común para la demencia y se asocia con una ralentización de la bioenergética celular y los procesos metabólicos. Por lo tanto, una dieta rica en nutrientes es fundamental para una salud cerebral óptima.
El patrón occidental alto en grasas saturadas y azúcar se vincula a mayor riesgo de deterioro cognitivo.
Además, la diabetes tipo 2 (DT2) es un factor de riesgo para la enfermedad de Alzheimer, y las dietas que reducen el riesgo de DT2 pueden conferir neuroprotección.
1. Dieta: impacto en biomarcadores y progresión cognitiva
A pesar de los pocos métodos asociados con la prevención de la progresión de los síntomas de la EA, la evidencia sugiere firmemente que la dieta puede contribuir a ralentizar la progresión de los síntomas de la EA y disminuir la carga de la enfermedad.
Los alimentos predominantes en las dietas mediterránea, MIND y DASH, como las frutas, las verduras de hoja verde, el pescado, los frutos secos y el aceite de oliva, pueden prevenir o ralentizar el deterioro cognitivo. Sin embargo, los mecanismos por los que estos nutrientes promueven la salud cerebral aún no se comprenden por completo.
Otros enfoques dietéticos como el ayuno cetogénico y el ayuno intermitente, también están surgiendo como beneficiosos para la salud cerebral.
Las dietas Mediterránea, vegana, vegetariana, MIND, paleolítica y cetogénica se asocian con menor acumulación de β-amiloide, reducción de neuroinflamación y mejora cognitiva.
Estudios recientes
Arora et al. (2023) destacan cómo la dieta Mediterránea, MIND y DASH modulan la bioenergética cerebral y reducen el riesgo de diabetes tipo 2, un factor de riesgo de Alzheimer.
Krishnan & Katchur (2021) muestran que dietas cetogénica y paleo reducen β-amiloide y mejoran síntomas cognitivos.
Los pacientes con EA presentan alteraciones en el metabolismo cerebral que pueden ser mitigados gracias a los cuerpos cetónicos.
Los cuerpos cetónicos son una fuente directa de energía celular proveniente del metabolismo de las grasas y pueden utilizarse como fuente de energía para el cerebro cuando el suministro de glucosa es limitado.
Investigaciones recientes sugieren que los cuerpos cetónicos pueden mejorar la memoria episódica, la memoria temporal, la memoria semántica y la vitalidad en pacientes con EA temprana, y este efecto es más evidente en las mujeres.
Lou et al. (2023) estudiaron ensayos clínicos aleatorizados, revisiones sistemáticas y metaanálisis que investigaran la asociación entre las intervenciones nutricionales y la DA, publicados entre 2018 y 2022 en las bases de datos PubMed, Web of Science, Scopus y la Biblioteca Cochrane. Se identificaron 38 estudios, de los cuales 17 eran ensayos clínicos aleatorizados y 21 eran revisiones sistemáticas o metaanálisis, concluyeron que la dieta mediterránea y la suplementación con omega-3 y probióticos mejoran la calidad de vida en casos leves-moderados.
Una mayor adherencia a la dieta mediterránea redujo los niveles de IL-6, TNF-α, PCR y LDL. La dieta mediterránea se caracteriza por un bajo consumo de carne roja y procesada y un alto consumo de frutas, verduras y cereales integrales. Su perfil nutricional es alto en potasio, calcio, magnesio y fibra, mientras que el contenido de sodio y grasas saturadas es relativamente bajo. Por esta razón, tanto la dieta mediterránea como la DASH tienen efectos antiinflamatorios y son capaces de reducir el estrés oxidativo, ejerciendo un papel protector contra la EA.
2. Microbioma intestinal: vínculo con neuroinflamación y función cognitiva
El eje microbiota-intestino-cerebro es clave en la neuroinflamación y la disfunción sináptica. Existe evidencia emergente que informa de un vínculo potencial entre las alteraciones de la microbiota oral e intestinal y la EA.
Los polifenoles de la uva y de otros frutos rojos y la fibra dietética modulan el microbioma, reduciendo metabolitos proinflamatorios.
En su estudio Moreno-Arribas et al. (2020) explican cómo los polifenoles del vino pueden modular la microbiota, mejorando la comunicación cerebro-intestino.
Ticinesi et al. (2022) detallan cómo polifenoles y fibras se transforman en compuestos bioactivos con efectos antioxidantes, antiinflamatorios, antiapoptóticos y neuroprotectores. Estos activos son las fenil-γ-valerolactonas, las urolitinas, el butirato y otros ácidos grasos de cadena corta..
3. Ejercicio físico: neurogénesis, metabolismo y reducción de β-amiloide
El ejercicio promueve la neurogénesis en el hipocampo, mejora la reserva cognitiva y reduce la carga de β-amiloide y la neuroinflamación.
Alghzawi et al. (2024) estudiaron cómo el ejercicio aeróbico reduce los marcadores inflamatorios y mejora la memoria y la función ejecutiva.
Brendborg & Febbraio (2025) han descrito cinco mecanismos clave: neurogénesis, reducción de Aβ, neuroplasticidad, inflamación y reserva cognitiva.
4. Estrés, sueño y salud mental: eje HPA y neurodegeneración
El estrés crónico activa el eje hipotálamo adrenal (HPA), aumenta el cortisol y acelera la neurodegeneración.
Además de la dieta y el ejercicio físico, Alghzawi et al. (2024) y Martínez-López et al. (2024) reportaron mejoras cognitivas y reducción de neuroinflamación mediante técnicas que favorecen el descanso adecuado y actividades que ayudan a gestionar el estrés como mindfulness o meditación.
5. Intervenciones multidominio: combinación de estrategias
Intervenciones que combinan dieta, ejercicio, estimulación cognitiva y manejo de factores de riesgo muestran efectos sinérgicos en la cognición.
Noach et al. (2023) reportaron mejoras cognitivas con intervenciones integradas, aunque sin reducción clara de incidencia de la Enfermedad de Alzheimer.
Samakkhiwitthayakhom (2024) plantea que intervenir antes de la aparición de los síntomas puede prevenir daño neuronal irreversible.
A pesar de que algunas intervenciones muestran resultados prometedores para mejorar la función cognitiva y ralentizar la progresión de la enfermedad, persisten incertidumbres sobre la relación dosis-respuesta, los mecanismos subyacentes y los posibles efectos sinérgicos.

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